jueves, 14 de octubre de 2010

LENGUAJE ALQUÍMICO DE LOS MINERALES

...Cual el niño se alimenta en el vientre de la madre, así el rubí se forma y alimenta en la roca...

De Rosnell, 1872

A todos nos habrá llamado la atención, en algún momento, la perfección y la belleza de los minerales cuando los encontramos cristalizados en figuras geométricas de gran simetría, ya sean transparentes u opacos, con sus hermosos brillos y colores. No hace falta que sean joyas de gran valor ni codiciadas piedras preciosas; un simple cristal de calcita, de cuarzo o de pirita esconden todo un conjunto de secretos y misterios. Una geoda, tan oscura, amorfa y fea por fuera, guarda en su interior la transparencia y el color de los cristales de amatista como un tesoro.

Ese reino de la naturaleza a nosotros nos parece muerto, pero antiguos pueblos, con su concepto de la unidad de todo lo que existe, lo reconocían como un mundo dinámico y lleno de vida, aunque con un distinto ritmo de nacimiento, desarrollo y muerte.

Si la Ciencia es el estudio del aspecto material de la Naturaleza, que mide y compara los fenómenos físicos, la Magia es el estudio de las relaciones entre la materia y el espíritu, entre lo de “abajo” y lo de “arriba”, lo visible y lo invisible. El conocimiento mágico parte del reconocimiento de la existencia de un mundo invisible, que es fuente y origen del mundo visible. Para el mago, cada cosa visible, medible, computable, es sólo un reflejo o un símbolo de otra realidad no visible, ni medible, ni computable, que se expresa a través suyo. Todos los objetos sensibles tienen, pues, un continente (el objeto) y un contenido (el ser que a través de él se manifiesta), y el objetivo del mago es descubrir, penetrar ese contenido, ese mensaje escondido. Las leyes que investiga no son las que relacionan las medidas y pesos de los símbolos, sino las que relacionan sus significados.

Además de las propiedades físicas de los minerales, podemos constatar otra serie de efectos que producen en las personas. La existencia del arte de la joyería, tan antiguo como el mismo hombre, demuestra que la fascinación que provoca va más allá de su utilidad técnica. Todas las antiguas culturas, desde Egipto hasta China o México, así como otras mucho más primitivas, desde el Paleolítico Superior, han trabajado los minerales dándoles un valor estético, social (económico), simbólico y sagrado.

En las culturas primitivas encontramos el culto a las piedras como símbolo de la fertilidad, lo cual puede resultarnos chocante si estamos acostumbrados a considerar al mundo mineral como un reino “inerte”. Conocemos multitud de mitos relativos a hombres y héroes nacidos de las piedras: en el Génesis, el primer hombre, Adán, es moldeado de arcilla; en la mitología griega, Deucalión arrojaba los “huesos de su madre” (la Tierra) por encima de su hombro “para repoblar el mundo” después del Diluvio, y por cada piedra que él arrojaba, surgía un hombre, mientras que las mujeres lo hacían de las piedras que lanzaba su esposa, Pirra; en el lejano México precolombino, Maya, la madre del mítico Quetzalcoatl, quedó embarazada al tocar una piedra.

También en España quedan hoy vestigios de estos simbolismos. En Galicia se sigue atribuyendo el poder de fertilidad a ciertos megalitos, y las mujeres casaderas van a tocarlos para recibir de ellos el don de la maternidad. La piedra es, de esta manera, el símbolo de la Gran Diosa, “Petra Genitrix”, la “Matrix Mundi”. La piedra, invulnerable, irreductible, se mostraba como símbolo del ser, y así se convierte en la imagen arquetípica que expresa la Realidad Absoluta, la Vida y lo Sagrado.

Siguiendo la ley de las analogías, el nacimiento y crecimiento de los minerales se producía en el “vientre” de la Tierra, del mismo modo que el niño se desarrolla en el vientre de su madre. Pero al igual que la mujer ha de ser fertilizada por el hombre, la Tierra ha de ser fertilizada por las potencias cósmicas, los astros y sus influencias siderales. Las piedras preciosas y los metales surgirán entonces de la participación de la Tierra y los demás Elementos (Agua, Aire y Fuego), ordenadas sus moléculas por la fuerza superior de los astros. La roca (como matriz) engendra las piedras preciosas, y la madurez es la que da calidad al mineral, lo cual nos está hablando de una “embriología” mineral.

Así, en las prácticas de la minería, cuando se agotaba el mineral se dejaba “reposar”, porque la mina (matriz de la tierra) necesitaba tiempo para volver a engendrarlos. Plinio afirmaba, y también Estrabón, que las minas de galena de España “renacían” al cabo de cierto tiempo; y Barba (un autor español del siglo XVII) recomendaba el reposo, con obstrucción de la mina, de 10 a 15 años para que volvieran a crecer los minerales.

La idea es que los minerales nacen, crecen y maduran, lo cual implica las ideas de vida y tiempo, de movimiento continuo. (“... Por aquí nacen unas piedras con forma de caracol...”, me decía en cierta ocasión un campesino de la localidad de Loja, refiriéndose a los abundantes fósiles de ammonites que se encuentran en la zona).

Todo un mundo de espíritus puebla la naturaleza, y también las piedras, cuevas y minas están habitadas y protegidas por diferentes tipos de espíritus. Ángeles, santos, hadas, gnomos, semidioses y héroes civilizadores de los mitos enseñan la minería y la metalurgia a los hombres. Según Paracelso, los elementales de la Tierra son los fabricantes de los “tesoros” escondidos y enterrados, y son sus guardianes, por lo que para localizar un tesoro (yacimiento) hay que ganárselos o engañarlos. Siendo el oro símbolo de pureza, los genios sólo permitirán la cercanía de aquel que se encuentre puro, en correspondencia con la naturaleza de su tesoro. Ellos son los “dueños del lugar”, y se dejan sentir en los cultos relacionados con la tierra. Los antiguos ritos mineros de apertura de una mina, hasta finales de la Edad Media, implicaban una ceremonia religiosa. En dicho rito, los mineros malayos buscan la conciliación con los genios guardianes “...dirigiendo los trabajos de la mina de estaño de modo tal que el estaño pueda ser obtenido como sin que lo advirtieran.” 1

La aparición de la agricultura y la metalurgia proporcionó al hombre la posibilidad de “colaborar” con la obra de la naturaleza, ayudándola en los procesos de crecimiento que se verifican en el interior de la tierra, modificando y precipitando el ritmo de la maduración. Es decir, sustituyendo al tiempo. El alquimista adopta y perfecciona la obra de la naturaleza, al mismo tiempo que trabaja para “hacerse” a sí mismo. Para los alquimistas medievales, los minerales se engendraban por la unión del Azufre y el Mercurio (que al igual que los elementos Tierra, Agua, Aire y Fuego, no son sólo el mineral concreto, sino un símbolo de un estado de la materia y la energía), pero con la necesidad de un recipiente natural como los filones, en los que el mineral se engendre. La finalidad de la evolución de los minerales en la naturaleza es su transmutación en oro.

“... Concertémonos con la Naturaleza para la obra mineral, lo mismo que para la agrícola, y sus tesoros se abrirán para nosotros...” (Un autor del siglo XVIII). 2

Estos aspectos pasan inadvertidos para el investigador actual y su método científico, que los etiquetan con el cartelito de “supersticiones de los antiguos”.

Pero, mientras que el científico busca en los minerales una aplicación tecnológica para mejorar su “estado del bienestar”, el mago intentaba desentrañar el misterio de la materia y de la energía y su influencia en la salud y la felicidad de las personas, así como su simbolismo sagrado y religioso: lo que los dioses comunican mediante la belleza y perfección de los metales y las piedras preciosas a los hombres.

A través de todas estas tradiciones podemos reconocer conocimientos sobre las propiedades de los minerales que, con el tiempo, se fueron perdiendo y mezclando hasta presentar una sola variedad: el aspecto terapéutico de las piedras, restos de lo que fue una vez un profundo conocimiento de la naturaleza y de los seres invisibles que habitan en ella.

(1) “Herreros y Alquimistas”, Mircea Eliade.

(2) “Herreros y Alquimistas”, Mircea Eliade.

Ana María Díaz Sierra


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